viernes, 28 de diciembre de 2007


River me dió un ídolo futbolístico.

Disfrute cada gambeta. Grite cada gol.

Me hice simpatizante del Valencia. Luego llegó el Zaragoza.

Me enojé con cada técnico que lo dejó en el banco de la Selección.

Aplaudí a todo aquél que entendió que ese "pibe" simplifica el juego.

Un día por esas vueltas que tiene la vida (uno termina en lugares impensados) lo conocí.

A los 5 meses lo volví a cruzar.

Entendí que ese ídolo adentro de la cacha, lo era también fuera.

Que esa grandeza a la hora de hacer rodar una pelota, también existía a la hora de hacer rodar una palabra.

Lejos de ser Pablo Aimar. Sólo Pablo. Pablito.

No hay comentarios: