viernes, 15 de agosto de 2008

Rondaban los primeros días de julio. La separación era un hecho, al parecer no había vuelta atrás. Una decisión firme pero apresurada, había terminado algo que se definía como especial
Sin embargo, el teléfono sonó y del otro lado se escuchó "quiero que estés acá conmigo". Dije una y otra vez que no pese a que adentro algo se rompía con cada negación. Pero el sentimiento pudo más y 5 de mañana me tome un colectivo sin saber que iba a encontrar.
Llegué y fue como siempre. Nunca me sentí extraña ni con un extraño, la magia, pese a todo, seguía intacta. Y pasaron dos horas y llegó lo que había ido a escuchar: "construimos otra burbuja". Y un beso estampó una escena que parecía de novela. Y lentamente dos cuerpos se fueron fundiendo uno con otro, sellando un vínculo que tenía fecha de vencimiento sólo en algunos aspectos.
Y hablamos por horas, de él, de mí, del futuro. Del lugares, de momentos, de entendimientos, de decisiones. Y nos volvimos a fundir, y ninguno quería volver...
"Sabes lo que me gusta de nosotros: que podemos compartir este tipo de cosas, que podemos escuchar la misma música, que podemos hablar de fútbol, que es divertido, y cómodo..."
LLegada a casa y la sensación que todo había vuelto a la normalidad. Todo estaba en su lugar nuevamente, había pasado la tormenta...

Hoy le dije a alguien que ya no lloraba. Le mentí.
Pasó un mes. Trato de creer que ese día fue real. Que eso que viví existió. Que dos personas se miraron y se sintieron. Pasó un mes.

("La excusa más cobarde es culpar al destino...")

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